GRADO VIGESIMO SEXTO

PRÍNCIPE DE MERCED ESCOCES TRINITARIO

O

SACERDOTE DE LA VERDAD

DECORACION DEL TERCER CIELO

Vestimenta verde, sostenida por nueve columnas alternativamente blancas y rojas, con una luz en cada una de ellas.

Hay dieciséis símbolos en el grado: los quince primeros formarán tres grupos de a cinco, arreglados así: los del primero al Norte y serán de Occidente a Oriente: 1°, una Hoguera flamante; 2°, un Lingote de oro; 3°, una Corona de espinas; 4°, una Gran Cruz; y 5°, un Globo girando sobre su eje.

Los del segundo al Sur, y serán también de Oriente a Occidente: 6°, una figura de Mercurio; 7°, un Anafre encendido, con un crisol; 8°, una antorcha; 9°, un Ángel en una nube; y 10°, el Arca de la Alianza.

Los del tercero en Oriente, colocando, a la derecha del trono el 11°, una Lanza, y el 12°, un Brazo armado de un cuchillo; a la izquierda el 13°, un Incensario, y el 14°, las Tablas de la Ley y en el frontis del solio el 15°, un Triángulo equilátero de oro.

El 16°, y último es una estatua de la Verdad, de 27 pulgadas de alto, la cabeza ornada con una aureola de llamas, un espejo acerado en la mano izquierda, y en la derecha una saeta de tres pies de largo, con las alas verdes y rojas, la punta dorada y el astil blanco, leyéndose de un lado Redención Social, y del otro Igualdad Civil.

Estará sobre un pedestal triangular y hueco en el que se guardará un libro de la misma figura y de los colores de la sala. Dicho pedestal se coloca fuera de Oriente, en la unión del cuarto anterior con los tres cuartos occidentales de la Cámara; y él y la estatua se cubren con una bandera, también blanca, verde y roja, hasta cierto tiempo de la iniciación.

Entre la estatua y el Occidente se pondrá una plataforma de tres escalones, el primero blanco, el segundo verde y el de arriba rojo; y en ellos deben caber los graduandos. Las colgaduras de los tronos y los ta­petes de todas las mesas serán de aquellos tres colores.

Sobre la del Tres Veces Poderoso Gran Maestre, que se llama en este grado Poderosísimo Príncipe y Maestro, se pondrá una saeta como la de la Verdad, en vez de mazo, y además las Constituciones Conceji­les, los Reglamentos y la espada.

Las sillas de los Tenientes, quienes se titulan Excelentísimos Príncipes Primero y Segundo Tenientes, se colocarán como en el grado Rosacruz, con la espada en la mesa en lugar del mazo.

El Gran Experto es Gran Sacrificador, y el Gran Porta-Estandarte Guardia del Palladium. Este se sentará cerca de la estatua, y aquel al lado de la plataforma.

Los demás son Excelentísimos Príncipes.

La insignia es un collarín tricolor, blanco, verde y rojo, que sostiene la alhaja, la cual es la Verdad, la cabeza rodeada de una aureola de llamas, un espejo acerado en la mano izquierda, y una saeta en la derecha con el lema Laus Deo; símbolo que debe grabarse en el encabezamiento, o bien se bordará en su ápice.

PRELIMINARES DE LA APERTURA

Así que todos ocupan sus respectivos asientos, da un golpe con la saeta y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Mi intención, hermanos, es abrir el Tercer Cielo del Consejo de Kadosch.·. ., N°. . . y os agradezco vuestra asistencia.

¿Cuál es vuestro deber antes de comenzar los tra­bajos, Excelentísimo Príncipe Primer Teniente?

Pr.·. Ten.·.—Asegurarme de que ningún pro­fano puede vemos ni oímos. Excelentísimo Príncipe y Maestro.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡ Servíos hacerlo así, hermano!

Pr.·. Ten.·.—¡Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente, disponed que se cubra el Tercer Cielo!

Seg.·. Ten.·.—¡Excelentísimo Príncipe Capitán de Guardias, haced colocar centinelas y atalayas para que ningún profano sorprende nuestros misterios!

Sale, cumple la orden, y a su vuelta dice:

Cap.·. de G.·.—¡Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente, el Tercer Cielo queda cubierto exteriormente!

Seg.·. Ten.·.—¡Ningún profano puede vernos ni oírnos, excelentísimo Príncipe Primer Teniente!

Pr.·. Ten.·.—¡Podemos proceder, Excelentísimo Príncipe y Maestro!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Gracias, hermanos! ¿Cuál es vuestro deber ahora, Excelentísimo Príncipe Se­gundo Teniente?

Seg.·. Ten.·.—Cerciorarme con el Primero de que todos somos Grandes Sacerdotes de la Verdad.

Ex.·. Pr.·. y M.·.— ¡Excelentísimos Príncipes Primero y Segundo Tenientes, recorred vuestros Cam­pamentos y expulsad del Tercer Cielo a los ignorantes que puedan profanarlo!

Se levantan y piden a todos las palabras, y al volver a sus tronos, da un golpe con su espada y dice el

Seg.·. Ten.·.—¡Todos los de mi Campamento son Grandes Sacerdotes de la Verdad, Excelentísimo Príncipe Primer Teniente!

Este da otro golpe en su espada y dice:

Pr.·. Ten.·.—¡Todos somos del grado, Excelentí­simo Príncipe y Maestro!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Pongámonos nuestras in­signias!

Todos lo ejecutan. Luego da un golpe con su saeta, y pasa a la

APERTURA DE LA CAMARA

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Con qué fin me pedís que abra el Tercer Cielo, Excelentísimo Príncipe Primer Teniente?

Pr.·. Ten.·.—Con el de la Redención Social.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Cómo la lograremos?

Pr.·. Ten.·.—Destruyendo la jactancia presuntuosa de los favorecidos por la suerte, e inculcando en las masas los principios que las educan y elevan a la conciencia del deber y del derecho.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Y a qué hora debemos co­menzar nuestros trabajos?

Pr.·. Ten.·.—A aquélla en que las tinieblas cu­bren el mundo y los espíritus apocados quedan a merced de los que especulan con su cobardía e igno­rancia; a la entrada de la noche.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Qué hora es, Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente?

Seg.·. Ten.·.—La de la superstición y del error. Ningún astro brilla en el Firmamento, y la Tierra se halla sumergida en oscuridad profunda.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Pues abramos el Tercer Cielo para que lo ilumine!

Da ocho golpes por dos y seis con su saeta, y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡En pie y al orden, Grandes Sacerdotes de la Verdad!

Todos lo ejecutan.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—A la G.·., etc., declaro abierto el Tercer Cielo u Octava Cámara Filosófica del Con­sejo de Kadosch. . N°.  .           .

¡A mí, hermanos!

Se hacen los signos de las ocho Cámaras Filo­sóficas, y después del último se da la batería con las palabras LAUS DEO.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Sentaos, hermanos!

Se anuncia, lee y sanciona el balaustre de la sesión anterior, se despachan los asuntos de fami­lia, se proponen y votan los candidatos admitidos por el Consejo Kadosch, se recibe a los Visitadores, se les consulta acerca de los Aspirantes y se envía al Gran Introductor por ellos. Este los trae a la puerta y les dice que toquen en su grado.

INICIACION DE LOS CANDIDATOS

Cap.·. de G.·.—¡Tocan a la entrada del Tercer Cielo como Centurión de la Serpiente de Bronce, Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente!

Seg.·. Ten.·.—Tocan a la entrada del Tercer Cielo como Centurión de la Serpiente de Bronce, Excelentísimo Príncipe y Maestro.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Inquirid quién es el teme­rario que viene a interrumpir la Grande Obra.

Pr.·. Ten.·.—¡Preguntad quién se atreve a inte­rrumpir nuestros trabajos, Excelentísimo Príncipe Se­gundo Teniente!

Seg.·. Ten.·.—¡Ved quién es el temerario que in­vade el Tercer Cielo, Excelentísimo Príncipe Capitán de Guardias!

Entreabre y pregunta:

Cap.·. de G.·.—¿Quién es el temerario que se atreve a interrumpir la Grande Obra?

Gr.·. Int.·.—Es un Mago Soberano, de alma fuerte, inteligencia ilustrada, hábil en el manejo de los instrumentos y profesor de las ciencias ocultas.

Cap.·. de G.·.—¿Cuál es su nombre?

El Gran Introductor dice el de los Candidatos.

Cap.·. de G.·.—¡Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente, es el Mago Soberano. . . que profesa las ciencias ocultas, de alma fuerte, inteligencia ilustrada y hábil en el manejo de los instrumentos, según dice el Excelentísimo Príncipe Gran Introductor!

Seg.·. Ten.·.—¡Excelentísimo Príncipe Primer Te­niente, es el Mago Soberano. . . que profesa las cien­cias ocultas; de alma fuerte, inteligencia ilustrada y hábil en el manejo de los instrumentos!

Pr.·. Ten.·.—¡Excelentísimo Príncipe y Maestro, es el Mago Soberano. . . que profesa las ciencias ocul­tas; de alma fuerte, inteligencia ilustrada y hábil en el manejo de los instrumentos!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Dadle paso, examinad su comportamiento, Grandes Sacerdotes!

Entran dando pasos tortuosos.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Por qué vacilan vuestros recomendados, Excelentísimo Príncipe Gran Introductor?

Gr.·. Int.·.—Porque en el mundo profano, de donde vienen, todo es oscuridad y tinieblas, y la luz reful­gente del Tercer Cielo les ha deslumbrado.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Pues no rigen en la Tierra las leyes que aseguran la libertad, la vida y la propie­dad de las personas, así como la educación de las masas?

Gr.·. Int.·.—Esas leyes son letra muerta, Excelen­tísimo Príncipe y Maestro, porque en ella domina la aristocracia del nacimiento, del oro o de la ciencia, y las masas del Pueblo que la enriquecen se ven despreciadas y envilecidas; el obrero es casi un paria, y mis recomendados, para rehabilitarle, buscan la Piedra Filosofal, que les dicen se halla en este Tercer Cielo.

Exe.·. Pr.·. y M.·.—Está bien, Hermano, y si esos Centuriones de la Serpiente de Bronce la buscan en él, la hallarán con la rehabilitación de las clases proletarias, que ha de convertir al mundo en un pueblo de hermanos.

Gr.·. Int.·.—¡Tal es su anhelo, Excelentísimo Prín­cipe y Maestro!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—En ese caso, ¡entregadlos al Gran Sacrificador para que los guíe sucesivamente del Primero al Tercer Cielo!

Aquél se levanta, les da una vuelta mostrándoles Ios símbolos, y luego les hace subir el primer es­calón de la plataforma y dice:

Gr.·. Sac.·.—¡Los Candidatos han subido al Pri­mer Cielo, Excelentísimo Príncipe y Maestro!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Centuriones de la Serpiente de Bronce! Para rehabilitar las clases proletarias y hacer efectiva la Igualdad social, fin al que aspira el que proclama la Fraternidad del linaje humano, no basta la ley, porque es, como habéis oído, letra muerta cuando las preocupaciones, los hábitos y la educación de las personas están en desacuerdo con los principios. En vano halagan el oído: no se practican, porque aunque nazcan del instinto de lo justo y los formule el pensamiento, no los enlaza la Razón a la experiencia. Y así ha de ser mientras los hombres de buena voluntad no convenzan a los explotadores de lo inicuo de su comportamiento, y muestren a los explotados las cau­sas de su situación vejada y los instruyan en los medios de salir airosos. Con este intento se fundó el Grado de Príncipe de Merced o Gran Sacerdote de la Verdad, y ningún nombre más digno y apropiado. Basta para de­terminar su objeto y hacer que todos los comprendan; y nos admira que, hallándose tan claramente mar­cado por él y sus emblemas, los redactores de rituales no lo entendiesen.

Tenemos necesidades materiales, sociales y políti­cas, y Conciencia, Inteligencia y Razón para satisfa­cerlas, por eso hay aquí tres grupos de Símbolos, que corresponden: los del Norte, a las primeras; los del Sur, a las segundas; y los de Oriente, a las terceras; y en el hombre, a aquellos tres Tribunales, relacionados con ellas en orden progresivo, como los escalones de esa plataforma que representa los Trece Cielos de la Oc­tava Cámara Filosófica.

La grada en que os halláis es alegórica del Tribu­nal de la Conciencia o del Primer Cielo, y lo carac­teriza la blancura para figurar la pureza del Juez in­corruptible que lo preside. Desde ahí podéis observar el grupo de los símbolos del Norte, que se relacionan con nuestras necesidades materiales; y si recordáis el Grado de “Maestro Secreto” sabréis que para regirlas nos fue dada la Conciencia que nos sirve de brújula en el mundo que tarda tanto en comprender la Inteli­gencia. Aquella “Hoguera encendida”, es la represen­tación del calor vital que se sostiene por el alimento: ¿No os dice vuestra conciencia, que el que desprecie o desestime al que trabaja en producir lo que satisface la necesidad más imperiosa, es un parricida ignorante? Desde el que ara la tierra hasta el que recoge el fruto, desde el que cría el ganado hasta el que beneficia sus carnes y os las prepara en ali­mentó, o nos cubre con su lana, todos son padres o conservadores de la especie humana. Aquel “Lingote de oro”, muestra de la riqueza acumulada, y por la cual se truecan los equivalentes para vivir y gozar, atestigua el trabajo de nuestros mineros. Y no se debe consideración y respeto a los que exponen innecesaria­mente su salud y su existencia para proporcionárnoslo? Ved la “Corona de espinas”, fiel emblema de los con­tinuados martirios que sufren y recompensa de los jor­naleros y operarios, víctimas de la penuria y del ham­bre, y cuya mayoría muere de ella en cuando le falta trabajo, antes que entregarse al robo. ¿Qué sería de nosotros sin estos hombres valientes y olvidados, cuyas manos levantan, para dicha nuestra, puentes y calzadas, fincas y alcázares y ciudades? Contemplad esa “Gran Cruz”, y decidme: ¡cuánta abnegación no se requiere para cargar con ella y aceptar la condición de criado! ¿No os parece el mayor de los sacrificios abjurar de su voluntad para complacer la de un señor a menudo ignorante, imperturbable y altivo? ¿Sufrir ultrajes injustos, y tener bastante dominio sobre todas las pasiones para no vengarse? ¿Tener delante la be­lleza de la esposa ajena, comprender los encantos de la joven que se desarrolla, adivinar sus instintos, y no amar a la señora ni seducir a la doncella o ultrajarlas? ¿Quién deja de ser hombre por ser siervo? ¿Y despre­ciáis a los héroes de la humanidad, porque no os dete­néis en su estudio, ni os ponéis un momento en su situación? Considerar ahora ese “Globo girando sobre su eje”, y decid si el infeliz marinero que atraviesa el abismo de los mares, y arrostrando el huracán y el embravecido elemento, muere por salvar el bajel y a los que conduce; si el pescador que sufre los mismos riesgos, y los que con mil peligros nos traen los pro­ductos más remotos de la tierra, los arrieros, mulete­ros, peones de ganado, y hasta los que desaguan las Ciénegas y destruyen los focos de infección, no nos ense­ñan que debemos lo que somos y lo que hemos sido a esos atletas vigorosos, y que mientras cada uno no esté resuelto a morir por todos, y por cada uno, la moral y la virtud serán explotadas por la astucia de los ambiciosos.

Consultad vuestra Conciencia y responded: Os creéis mejores que los proletarios que proveen a vuestras ne­cesidades materiales, Centuriones de la Serpiente de Bronce?

Al oír su respuesta negativa, da un golpe con la saeta y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Gran Sacrificador, ascended­los al Segundo Cielo!

Suben otra grada.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Os halláis en la segunda grada de esa escala alegórica, en el Tribunal de la Inteli­gencia, o en el Segundo Cielo, verde como la Espe­ranza, y desde el cual podéis ver los símbolos del Me­diodía o de nuestras necesidades sociales. Allí está un “Mercurio”, emblema del comercio, que da salida a la riqueza acumulada y fecunda con su actividad infatigable el más árido desierto, y lo convierte en un oasis de delicias. Sigue un “Anafre con un crisol”, que con­memora las ciencias que enaltecen los físicos arreba­tando el rayo a los cielos; los químicos penetrando los arcanos de la combinación de los simples para ob­tener productos más perfectos y adecuados a nuestra naturaleza, y los farmacéuticos preparando los reme­dios más poderosos para la curación de nuestros males.

Y ¿qué diréis de esa “Antorcha ardiendo”, imagen de los sabios que dan la idea y enseñan a realizarla? ¿Qué de ese “Ángel en una nube”, mito de los poetas y de los artistas que subliman los afectos o el ánimo y encantan la existencia? ¿Qué, en fin, de esa “Arca de la Alianza”, representación de los filósofos y moralis­tas que unen el ser finito con el Ser Infinito, y desper­tando el sentimiento de la dignidad, nos hacen merece­dores de llamarnos hombres?

¿Creéis en vuestro orgullo insano que porque corra por vuestras venas sangre de Césares o de la nobleza más pura y acrisolada, habéis nacido para dominar, y deben los demás honrarse con estar a vuestro servicio?

AI recibir su respuesta negativa, da otro golpe con la saeta, suben la tercera grada, y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—En esta última grada, que representa el Tercer Cielo, o el Tribunal de la Razón, campea el estandarte de los Príncipes de Merced, rojo como su heroísmo; en él hay una T, llave de los arcanos que aquella descubre. Desde ahí podéis apreciar Ios símbolos que sobresalen en el Oriente de esta Cámara. El primero de mi derecha y 11° del grado, es una “Lanza”, emblema del militar que defiende nuestra vida, libertad y propiedades, de los enemigos interiores o exteriores. El segundo, 12°, es un “Brazo armado de un cuchillo”, que, como ya sabéis, representa a los que ejercen el poder ejecutivo. El 13°, que se halla a mi izquierda, es un “Incensario”, instrumento del culto, cuyos ministros depuran nuestras almas: y pa­dres de la paz doméstica, serían los consoladores del linaje humano si unieran siempre el buen ejemplo a la palabra. Y más cerca tenéis el 14°, o las “Tabicas de la Ley”, características de la magistratura o de los hombres encargados del Poder Administrativo y Ju­dicial. Por último, el 15°, resplandece en el frontis­picio del solio, y es un “Triángulo equilátero de oro”, imagen de lo Pasado, lo Presente y lo Porvenir, que deben estudiar y comprender los Legisladores para dictar leyes acertadas.

¿Creéis que éstos valgan más que los otros, o que el que se conduzca digna y honradamente en la con­dición social que se halle, es acreedor a la estimación de sus semejantes y debe gozar de los mismos derechos que nos dio la naturaleza?

Así que responden, tocará la música algo ade­cuado, y en seguida dirá el

Gr.·.  Sacr.·.—¡Excelentísimo Príncipe y Maestro, los Magos Soberanos quieren ir adelante!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Y cómo pretenden ir más allá de lo que la Ciencia, la Inteligencia y la Razón prescriben?

Gr.·. Sacr.·.—¡Quieren poseer la Piedra Filoso­fal!

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Pues que bajen y respondan satisfactoriamente el Interrogatorio!

Se les da asiento en los Campamentos, frente a la plataforma, donde se colocarán sus sillas.

INTERROGATORIO

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Qué pensáis, Hermano…, de la Rehabilitación de las clases proletarias?

Si no contesta bien, se le explicará la

Respuesta.—Es un acto de justicia, pues como se acaba de indicar, no hay oficios nobles ni viles para el que conserva su dignidad en cualquiera de ellos. El trabajo es el pensamiento en acción, y toda clase de trabajo es honroso. Alienta con la esperanza al obrero, y lo eleva como productor de la riqueza a la dignidad del hombre, en tanto que la ociosidad engen­dra la miseria, la enfermedad y la desesperación, y le degrada y embrutece. ¿Cómo podrá ser un hombre mejor que otro, porque el primero trabaje consultando autores, y el segundo realizando las ideas que aquél ha discurrido y éste logra comprender? ¿Por ventura la pericia es su patrimonio, y no el de la humanidad entera? Toda producción material o intelectual es colectiva, porque viene de la educación más o menos esmerada que uno ha recibido. Sabia naturaleza proporciona en su armonía la rareza del ingenio a la ne­cesidad y duración de los productos. Para la más perentoria, que es la de los alimentos, basta cualquier capacidad; y como aquéllos se destruyen sin cesar, todos pueden ser pastores o agricultores. Los productos científicos son eternos; y así los grandes ingenios sólo nacen y se desarrollan en las inmensas asociaciones cuan­do llega su día, personificando el Progreso. No han venido a romper la Igualdad, a erigirse en Señores, sino a confirmar la dependencia mutua que nos nivela; porque si el hambre los forzara a trabajar como ga­ñanes, desaparecerían en la nada. Los sabios resu­men los conocimientos de las generaciones pasadas y presentes, constituyen la resultante de las fuerzas co­lectivas de la mente. Su gloria es la de la generación en que descuellan; sus productos no les pertenecen sino en la proporción de asociados; y el que oculta un des­cubrimiento para su conveniencia, comete un robo. Pesemos el número de las capacidades suficientes con las necesidades de la vida, y hallaremos balanceados los productos materiales con los intelectuales. Así, la “Igualdad Social” es la ley de la Naturaleza, y debe­mos rehabilitar a toda prisa al proletario.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Pues qué Hermano. . ., las desigualdades sociales ¿no reconocen por causa esas desigualdades naturales de la destreza y el talento, la torpeza y la barbarie, la actividad y la apatía?

Respuesta.—Ese ha sido el pretexto de la astucia y la ambición para constituir la aristocracia. En la naturaleza no hay desigualdad alguna, sino justo equilibrio entre la suma de nuestras necesidades y los re­cursos para satisfacerlas; o lo que es lo mismo, en el número de los que trabajan para unas u otras. Así, en la organización social, en vez de establecer diferencias, prescribe la Justicia “Igualdad de Condiciones” y re­cíproca garantía de los asociados. Lo contrario es en­vilecer al hombre, y como nadie tiene derecho de lla­mar “bajo” al mutilado por la servidumbre, sino co­rregir la ley que tan espantosos males acarrea, traba­jemos para sacar a aquel infeliz de su abyección.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿No creéis que existan tra­bajos vergonzosos, hermanos. . . ?

Respuesta.—Eso es imposible.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Por qué hay entonces ejer­cicios que lo son?

Respuesta.—Porque el hombre tiene pasiones, y aquel que por falta de dignidad se presta a satisfacer­las contra las leyes de la moral, para vivir o enrique­cerse a poca costa, al igual del adulador o el mata­chín, es digno del desprecio y execración universales, no merece ser de nuestro linaje.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Decís bien; el ser degenerado que vive del mal y lo fomenta adivinando nuestra debi­lidad, no es un hombre, es un aborto del infierno que se presta a todo género de servicios. Mas me equi­voco, ese ente despreciable es nuestro hermano; no le culpemos, culpemos a su país, culpemos a la Asociación que descuida proveer a la enseñanza de los des­graciados, y que haciendo del Oro el fin de la vida, extravía al ignorante que ve en la riqueza la felicidad, y no el Contenido de sí mismo por haber cumplido sus deberes y respetado los derechos de los otros. Culpemos al orgullo, al despotismo o a la vanidad, a los errores sociales; y en vez de maldecir al infeliz que se envilece, mirémosle con piedad y procuremos que no encuentre imitadores, inculcando las excelsitudes del Trabajo y la probidad, por los que solamente hay honor, felicidad, salud y progreso. Su principal es­tímulo es la Necesidad, y si ésta deja de aquejarnos corremos al vicio y nos precipitamos en el embruteci­miento. Si todo el mundo se enriqueciera de tal suerte que la generación que ha de sucedemos gozase de los bienes materiales sin el Trabajo, acabaría en ella la especie humana, pues la desigualdad en los capitales, la falta de recursos suficientes, en la gran mayoría de los que viven; la necesidad, en una palabra, es el verdadero incentivo de la producción. Sin el prole­tario, toda industria desaparecería, y suspendido el Tra­bajo, la disipación de las fortunas, el desenfreno uni­versal y las enfermedades, sumergirían al mundo en la tumba de sus propios vicios.

La historia de la riqueza, no sólo en las personas, sino en las naciones y los imperios, ha sido siempre la historia de la corrupción, pues así como el hijo del poderoso se debilita y degrada física y moralmente por la plenitud de placeres que puede gozar sin trabajo, las repúblicas perecen gracias a su vicios, sin que nunca los opulentos logren salvarlas. Sidón y Tiro, cuyos moradores poseían bienes de soberanos; Babilonia y Palmira, asientos de la riqueza asiática, y Roma, cargada de los despojos del mundo, cayeron por sus vicios, no por la pujanza de las huestes enemigas. Si en vez de ese desperdicio de la riqueza acumulada hubieran empleado los capitales en promover la cultura moral y en obras de filantropía universal, en multiplicar las artes, hacer salubres los terrenos y vencer las causas físicas que luchan contra la existencia, estaría conver­tida la Tierra en un Paraíso, porque el artista y el mecánico, el labrador y cuantos trabajan por la utili­dad material y el embellecimiento de sus obras, go­zan mucho más que el que busca únicamente medios de existir, y trabajan más y mejor que éste. Mayor placer tiene el inventor con su descubrimiento que con los tesoros que le proporciona. Estos le son inútiles a su muerte; aquél le inmortaliza.

Sostenemos que no es la Pobreza una degradación; es la creadora de los portentos. Los más grandiosos se concibieron por hombres pobres, pobres estudiantes, pobres maestros, pobres artistas y artesanos, pobres filósofos y pobres poetas sin más recursos que su ingenio. Educad al pobre, y os sorprenderán las maravillas que discurra y ejecute. Las mejores garantías de la honradez son la sobriedad y la economía a que nos fuerza la suficiente y no sobrada retribución del trabajo; así, en vez de despreciar a los pobres, mire­mos en ellos a los salvadores de la Asociación, los que crean la riqueza y los que defienden mejor la patria el día del peligro; producen y enseñan a hallar valores que cambiar con sus productos.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Decid, Hermano. . . ¿Por qué las clases proletarias se consideran aún como inferio­res, a pesar de las ideas exactas que tenemos del Tra­bajo?

Respuesta.—Por la ignorancia que existe por lo común en ellas, hija de su falta de educación, que se hace tanto más sensible cuanto más se encumbran y enriquecen; pues los hombres que por el oro que han ganado con su sudor entran a rivalizar con los demás, a menudo carecen del trato, de la delicadeza y de todas las dotes de la civilización, y son groseros e insolentes, o bien demasiado humildes y lisonjeros.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Y qué se hará para rehabi­litarlos?

Respuesta.—Educarlos, dándoles entrada a la participación de todos los derechos, de manera que los ignorantes se avergüencen y aprendan; e incubándoles que si el oro es un medio de vivir, no es el fin de la vida, y que el trabajo material no sólo se hace más, productivo, sino que encuentra su mejor reposo en el del entendimiento.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Cómo dividís las distintas carreras u oficios, Hermano. . . ?

Respuesta.—En productoras y consumidoras.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Cuáles han sido más subli­madas?

Respuesta—Las últimas. Mientras la Fuerza dictó la ley al mundo, la carrera militar fue la más gloriosa. Cuando la Inteligencia se desarrolló, el guerrero com­partió el botín con el sacerdote. Así que los principios de la Justicia se difundieron en las masas, la Magistra­tura con sus sofistas y especuladores se hizo medianera, inclinando la balanza a merced del que más daba o era más temible. Ya felizmente se principia a estimarlas en su valor real: el militar que no cifra su gloria en proteger al débil, asegurar la tranquilidad contra los enemigos y extraños y sostener los derechos del pue­blo, es un verdugo. El sacerdote que ha desprestigiado con su intolerancia y su ambición todas las religiones, sólo es respetado donde enseña la moral verdadera con el ejemplo y la palabra; y el magistrado, altivo y a menudo prevaricador donde reinan malos gobiernos, administra justicia en los buenos, o pasa de la silla curul al banco del delincuente.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Y qué opináis, Hermano. . .acerca del comercio que trata de apoderarse de aque­llos puestos vacantes?

Respuesta.—Que como no produce los efectos acumulados en sus almacenes, ni los mejora, y los que se dedican a él emplean su actividad en obtenerlos al menor precio posible del productor, y hacerlos pagar tan caro como sea dable al consumidor, estimulando la sed hipócrita de la ganancia, desde el banquero de la Bolsa que compra y vende por millones, hasta el especiero que especula con centavos, la antigüedad lo maldijo con tanta sinrazón como hoy se le quiere ele­var sobre las demás carreras. Es cierto que el comer­ciante no es productor; también lo es que lo sacrifica como consumidor, siempre que le es posible, y que no falta quien falsifique los efectos. Mas sin el comercio no hay adelanto, la producción disminuye sin incen­tivo, se pierde la riqueza acumulada, y carecemos del bienestar físico y moral, engendrándose la división de castas y todos los males que son su consecuencia en los países fértiles, o la barbarie y la miseria en los más privilegiados. Fuera de este resultado palpable, el comercio enlaza al mundo y contribuye a la educación y fraternidad que deseamos, pues es imposible que los hombres se traten sin que la luz se desprenda a su recí­proco contacto. Si los tiranos aíslan sus posesiones, es porque saben que los pueblos pastores y agricultores son, por la ignorancia de la meteorología, crédulos y fanáticos, o supersticiosos; igualmente los marineros por la última causa. Aquellos no levantan la vista más allá de la torre de su campanario y viven siglos innu­merables bajo el despotismo; atribuyen la lluvia y la sequía, los vientos y huracanes, a la cólera divina, y como no tienen donde aprender ni comprar, el go­bierno absoluto que los rige se eterniza por una ilusión que lo toma por una magistratura y una necesidad so­cial, y se soporta aquel daño por no caer en otro peor. Los pueblos comerciales, en roce continuo con los de­más, estudian sus intereses y los ajenos y las institucio­nes que los rigen, pues los negociantes y sus agentes, para su seguridad y hasta para el contrabando, se ven forzados a conocerlas; y como una gravosa experiencia les convence de que 110 hay buen fe ni garantías donde reinan la arbitrariedad y la opresión, que sólo el rigor de las circunstancias nos fuerza a vivir bajo una au­toridad que nos quita cuando se le antoja, el dinero que llevamos consigo, o la libertad de la vida, no tar­dan en difundir en su país los conocimientos que han adquirido, y se hacen apóstoles del Progreso.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Quién estableció la división de nobles y plebeyos, Hermano. . . ?

Respuesta.—Carlos el Calvo, rey de Francia, por consejo del clero. Toda la antigüedad reconoció la aristocracia o la oligarquía y Roma, al constituirse en na­ción y durante la República fue esencialmente aristocrática; pero los conquistadores de su imperio no co­nocían más que libres y esclavos; aquéllos poseían to­dos los derechos, ocupaban el solio por elección popu­lar, nombraban sus jueces, y en sus Congresos Gene­rales legislaban y acordaban la cuota que debían dar para los gastos de la nación y sostenimiento de la co­rona. Así, la minoría del linaje humano era explotada por la mayoría victoriosa. Más con la creación de la nobleza, se halló el eje del despotismo, porque atacaba los derechos de todos, libres y esclavos, y la mayoría pasó bajo el yugo de una insignificante minoría, que se concentró probablemente en el Trono y el Altar. Y como es un axioma que toda ley que contraríe a la na­turaleza nos conduce a la barbarie, concediendo por un instante que los primeros llamados nobles valieran más que los que constituían el Estado, los hijos de sus hijos, que vivían de la explotación del trabajo ajeno, se hi­cieron inferiores a los que despreciaban, y desde la última centuria un título de nobleza se convirtió en credencial de vanidad o de orgullo.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Tenéis razón, Hermano. No respetemos más que la Verdad, ni estimemos más que el Trabajo; no aplaudamos más que el talento, y no reconozcamos otro derecho que el que nace de la naturaleza, ni otra distinción entre los hombres que la fundada en su mérito individual. ¿Qué son los tesoros del ingenio o del arte, sino su trabajo? ¿Qué hay de glorioso en la tierra, que no sea producto del trabajo corporal e intelectual? ¡Proletarios del mundo entero, alzad vuestras frentes abatidas! ¡Ningún mortal ha nacido mejor que otro, y sin vuestros brazos productores, moriríamos de inanición!

Las carreras, como las cosas, no son en sí buenas ni malas, y a la ignorancia es a la que ocurre dar los atributos morales. Todas son igualmente acreedoras al agradecimiento, porque en ellas se trabaja para nues­tro beneficio. El militar que empuña la espada en de­fensa de la virtud y para sostener los derechos del hombre, es un héroe; el sacerdote que enseña con la palabra y el ejemplo a reconocer nuestras pasiones y a sacrificarnos hasta por nuestros enemigos, es un santo; el comerciante inteligente y honrado, es la pro­videncia material de los pueblos; el magistrado que da a cada uno lo que es suyo, es un padre de la patria. Mas ésta no vive por el que la defiende, ni por el que la consuela, ni por el que le facilita el cambio de sus efectos, ni por el que la legisla o el que castiga al crimi­nal; sino por el que produce lo que la alimenta y la viste, y construye albergues, por el hombre de ingenio que descubre los secretos de la Naturaleza y por el tra­bajador que en cambio crea valores que satisfagan sus necesidades.

Pero, ¿quiénes garantizan y aseguran su vida, derechos, salud, e intereses? Los no productores. Luego cada uno pone su piedra en el gran edificio de la Asociación humana, y tan útil es el que abre los cimientos como el que embellece la cornisa.

¿Y qué decís acerca de los Gremios, corporaciones y cofradías que se fundaron en la época del Renacimiento?

Respuesta.—Qué eran asociaciones contra el Feudalismo, protegidas por los reyes para conseguir apoyo en su lucha con los grandes, y que santifica el sacer­docio por el principio sublime “Trabajar es Orar”. Pero como los particulares compraban el derecho al trabajo y el individuo desaparecía en el gremio, éste se convirtió en monopolio, gracias al cual, únicamente los privilegiados tenían la facultad de dedicarse a tal o cual industria; y si fue un medio de librarse de la tiranía feudal, engendró nuevas tiranías y los errores económicos más trascendentales. Ya se demostró en el grado de Príncipe del Líbano cuán útil es la asociación de obreros e industriales, porque el principio de toda producción es el trabajo, y su primera ley para que sea fructuoso es su división y simultaneidad, que multiplica la suma y variedad de los productos mejorando su calidad y la especialidad de las funciones; pero nunca debe intervenir en ella el Gobierno, a menos que la ya constituida pretenda impedir a otros formar nuevas asociaciones.

Acabado el interrogatorio, da un golpe y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Qué más dijisteis que buscabais en el Tercer Cielo, Mago Soberano?

Respuesta.—La Piedra Filosofal.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿En dónde está, Excelen­tísimo Príncipe Primer Teniente?

Pr.·. Ten.·.—Bajo la estatua de la Verdad.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Qué la oculta a la vista de los profanos?

Pr.·. Ten.·.—Una bandera, blanca como la ino­cencia, verde como la esperanza y roja como la forta­leza, alegorías de la Conciencia pura y sin mancha, de la Inteligencia que nos conduce al Progreso y de la Razón que destruye los errores. Sólo la ve el que es capaz de comprenderla en toda su magnífica exalta­ción; se alza del seno de la tierra, en cuyas profundi­dades la malicia, la ambición y la ignorancia la habían sepultado, y con su espejo divino refleja su Luz al Orbe entero, y con su derecha mano lanza la saeta salvadora, en cuyo astil se leen en caracteres de oro Igualdad Civil y Redención Social.

Da un golpe con su saeta y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡En pie y al orden, hermanos!

Todos lo ejecutan.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Excelentísimo Príncipe Guar­da del Palladium, ¡descubridlo!

La música toca armoniosamente, y se quita la bandera que luego se coloca a la derecha del Oriente.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Ahí tenéis, hermanos, la estatua de la Verdad, rodeada de una aureola de llamas, emblema de la Ciencia, con ese espejo acerado que refleja su Luz divina y esa saeta que parte de este Ter­cer Cielo, para que lleve la civilización a los cuatro puntos cardinales que simbolizan sus colores diferen­tes. ¡Sed vosotros esa saeta, Grandes Sacerdotes de la Verdad, y no la guardéis como vuestro patrimonio! ¡Rehabilitad a las clases proletarias; proclamad la Igualdad de derechos, la Redención Social! Si el Sol brilla para todos, y si calienta al mendigo como al po­tentado, que la Verdad, sol inmaterial del entendimiento, alumbre el de los demás hombres, nuestros hermanos!

¡Tan execrable es el que la oculta para que vivan en la barbarie, como el que para su utilidad nos encierra en negros calabozos y nos priva de la luz material del astro del día!

¿Juráis profesar estos principios, Centuriones de la Serpiente de Bronce?

Extienden su mano derecha los

Graduados.—Sí, Excelentísimo Príncipe y Maestro.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Sentaos, hermanos!

Todos lo ejecutan.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Grandes Sacerdotes de la Verdad que decoráis este Tercer Cielo, ¿halláis dignos de vosotros a estos Magos Soberanos?

Si todos hacen el signo de adhesión, seguirá diciendo el

Exc.·. Pr.·. y M.·. —Magos Soberanos: el grado que vais a recibir viene de Egipto, y lo creó aquella casta sacerdotal y guerrera que quería resolver los grandes problemas sociales y redimir al pueblo; pero mientras los aclaraba, encubría sus estudios con el título de Sistema de la Gran Obra de la Naturaleza. Este nombre y el secreto inviolable de sus trabajos que no se atrevía a revelar persuadida de la imperfección de sus conocimientos y de que arruinaría a su patria moviendo las pasiones de las masas con la oferta de un bien en­tonces impracticable, dio origen a las ridículas suposi­ciones de que se ocupaba del arte de hacer oro o de hallar la Piedra Filosofal, y así lo creyeron hasta en la Edad Media los alquimistas. Llamáronse Príncipes de Merced aquellos socios porque anhelaban el bien público, y el legislador hebreo, iniciado en sus mis­terios, hizo del grado la mayor dignidad de la Biblia, caracterizando de “Gran Sacerdote” al que agraciaba con ella, y comunicándole la palabra de reconocimiento en medio del ruido, palabra que se nos enseñó a pro­nunciar en el de Perfecto y Sublime Masón, 14° de nuestro rito; cuya primera sílaba, JO es la viña de Noé o el cetro paternal; la segunda, HE, es la imagen de la copa de las libaciones; la tercera, VO, el vínculo de unión que tuvo por figura en la India al grande y mis­terioso LINGAM; y la cuarta o el HE repetido, expresa la fecundidad de la Naturaleza femenina; JOHEVOHE, porque es el jefe, el padre, la madre y el creador de todo lo que existe.

Excelentísimo Príncipe de Merced, Guarda del Palladium, servíos tomar el Libro de la Verdad y leed­lo, para que estos Magos Soberanos posean con nosotros la verdadera Piedra Filosofal.

Se levanta, toma el libro que se halla dentro del pedestal de la Verdad, y lee de pie:

G.·. del Pall.·.—“¡Mortal, aprende a conocerte! ¡Lo que lisonjea tu orgullo o satisface tu codicia, te se­duce al instante! ¡Vuelve de tu error!”

¿Cómo has podido creer, que filósofos, pasaran su existencia buscando un metal que acarrea males sin cuento? La Piedra Filosofal, tesoro inapreciable que tantos hombres esperan descubrir por cálculos ridícu­los y trabajos más ridículos todavía, ¡existe! ¿Quieres poseerla y gozar de los bienes que proporciona? Recuerda tus errores, pon en una justa balanza el bien y el mal, y verás que el peso de tus inclinaciones viciosas y de tus extravíos excede al de tus merecimientos y virtudes! Toma la firme resolución de evitar el mal, de hacer el bien, penétrate de la importancia del empeño que has contraído, y llévalo a cabo. Entonces podrás marchar sin temor en el camino de infortunio, sostente en medio de la tempestad, como una roca ba­tida por el mar embravecido. No dirijas tus miradas hacia el opulento, porque sólo pensarás en el esplendor que le rodea, y no en los cuidados que le roen y los remordimientos que tal vez le despedazan. Vuelve los ojos a ese proletario que inunda el seno de las ciudades; reflexiona en las privaciones que se impone, en las miserias que sufre, en la suerte que le está señalada, sin compensaciones, sin esperanzas de dulzura; y le­jos de llorar tus penas te resignarás y tendrás el valor de conformarte con tu condición. Hallarás la paz del alma hija de tu conciencia pura, y poseerás la verda­dera Piedra Filosofal. Con ella, lleno de prudente es­toicismo, te cernerás sobre las miserias humanas que no podrán ya alcanzarte y vivirás tranquilo, inexpug­nable, en medio de la adversidad, y podrás gozar de la recompensa que a la virtud tiene el porvenir reservada!

Da un golpe con la saeta, coloca el libro sobre el pedestal y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Grandes Sacerdotes de la Verdad, acompañadme al acto solemne del juramento y colación del grado!

¡Repetid conmigo!

JURAMENTO

“Yo…, juro por mi honor guardar inviolables mis obligaciones, sostener el principio de la IGUAL­DAD SOCIAL, y hacer cuanto pueda en lo hu­mano para la REHABILITACION DE LAS CLA­SES PROLETARIAS y la abolición de todo fuero, privilegio y división fundada en la nobleza de cuna, el oficio o la riqueza, y sostener las máximas generosas que se proclaman en este Tercer Cielo, para hacerme digno del nombre de GRAN SACERDOTE DE LA VERDAD, o PRÍNCIPE DE MERCED. ¡Que el G.·. A.·. D.·. U.·. me ayude!”

Así sea.

El Excelentísimo Príncipe y Maestro levanta su saeta sobre la cabeza de los graduantes y dice, tocándoles el hombro derecho según los va nom­brando:

Exc.·. Pr.·. y M.·.—A la G.·., etc., os creo, nom­bro y constituyo Príncipe de Merced o Gran Sacerdote de la Verdad y miembro. . . de este Tercer Cielo a vos.. .

¡Consagrémoslos, hermanos, por la batería del grado!

Todos lo hacen.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Sentaos, hermanos!

Lo ejecutan, monos él, los neófitos y el Gran Introductor.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Este grado tiene, como los demás, sus modos de reconocerse.

Signo—Formar un triángulo delante del pecho por la unión de las puntas de los pulgares e índices, con los otros dedos cerrados.

Signo de Socorro.—Cruzar los dos brazos sobre la cabeza con las manos abiertas, y las palmas adelante, y decir: ¡Eleí bní Ameth! (a ím sol sojih ed al dadrev).

Tocamiento.—Poner las dos manos sobre los hom­bros del que lo pide, apretarlos ligeramente y decir entre los dos la

Palabra de Pase…

Palabra Sagrada…

La primitiva de este grado fue la que se os dijo en el decimo cuarto con su pronunciación verdadera, y cuyas sílabas de significación diferente os expliqué hace poco; la que damos en su equivalente, para evitar confusiones.

Batería.—Ocho golpes por dos y seis.

Edad.—Ochenta y un años; número mixto, pues sumando los dos componentes da nueve, como las columnas y sus candelabros. Es número perfecto, porque resulta de la multiplicación de 9 por 9, lo que no su­cede con el 18, aunque dé también nueve en la suma.

Y como este número nueve incluye los tres órdenes de necesidades; materiales, sociales y políticas —las tres facultades, Conciencia, Inteligencia y Razón—, los colores, blanco, verde y rojo, simbólicos de los Cielos, se conmemoran en la edad atribuida al iniciado. ¿Cuál otro tendría las excelencias que se hallan en el nú­mero 81?

Símbolo.—La verdad.

¡Príncipe Gran Introductor, llevadlos a los Tenien­tes para que los examine!

Se sienta, y cuando están prácticos, da un golpe con su espada y dice el

Seg.·. Ten.·.—¡Justo y perfecto, Excelentísimo Príncipe Primer Teniente!

Este da un golpe igual, y dice

Pr.·. Ten.·.—¡Justo y perfecto, Excelentísimo Príncipe y Maestro!

En seguida se aplaude la iniciación, se les da asiento en Oriente; el Caballero de Elocuencia pre­senta su balaustre, se le dan gracias, se despachan los asuntos pendientes, se circula el saco de asis­tencia fraternal, se congratula a los Visitadores y se pasa a la

CLAUSURA DE LOS TRABAJOS

Da un golpe con la saeta, y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿A qué hora terminan nuestros trabajos, Excelentísimo Príncipe Primer Teniente?

Pr.·. Ten.·.—Cuando Sirio, guarda fiel del Firmamento, reúne sus lumbreras para iluminar al mundo en ausencia del Sol.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¿Qué hora es, Excelentísimo Príncipe Segundo Teniente?

Seg.·. Ten.·.—Sirio brilla sobre la Tierra.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—Pues si en ella refleja su es­plendor divino el Tercer Cielo, nosotros, como Prínci­pes de Merced y Grandes Sacerdotes de la Verdad, llevárnosle su lábaro salvador, y con la velocidad de la saeta hagamos de los hombres un pueblo de hermanos, rehabilitando las clases proletarias, y enseñándolas a sublimar con la Virtud y el Trabajo todas las condi­ciones sociales.

¡Pedid, hermanos Primero y Segundo Tenientes, a los que decoran vuestros Campamentos, que nos ayuden a cerrar los trabajos!

Pr.·. Ten.·.—Excelentísimo Príncipe Segundo Te­niente y Grandes Sacerdotes de mi Campamento, nues­tro Excelentísimo Príncipe y Maestro os pide que nos ayudéis a cerrar la Cámara.

Seg.·. Gr.·.—¡Excelentísimo Príncipe que de­coráis mi Campamento nuestro Presidente os pide que nos ayudéis a cerrar el Tercer Cielo!

Da un golpe con su espada y añade:

Seg.·. Ten.·.—¡Anunciado, excelentísimo Prín­cipe Primer Teniente!

Este da otro, y dice:

Pr.·. Ten.·.—¡Anunciado, Excelentísimo Príncipe y Maestro!

Da ocho golpes por dos y seis, y dice el

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡En pie y al orden, hermanos!

Todos lo hacen.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—A la G.·., etc., declaro cerra­dos los trabajos.

A mí hermanos!

Se hacen los signos de los ocho grados Concejiles, y después del último, se da la batería.

Exc.·. Pr.·. y M.·.—¡Id en paz, hermanos! Pero antes, jurad guardar silencio acerca de lo ocurrido en la sesión. ¿Lo juráis?

Extienden la mano derecha y dicen:

Todos.—Lo juro.

Y se retiran en silencio.