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Hermano
Benjamín
Masonería sin fantasía

“Analogías Imaginarias: La Masonería que No se Rompe (pero sí se oxida)”

Explora cómo la masonería, al igual que una colmena, depende de la calidad de sus miembros para perdurar. Reflexiona sobre la importancia de cultivar líderes auténticos y comprometidos con los ideales masónicos.
"Analogías Imaginarias: La Masonería que No se Rompe (pero sí se oxida)" - Hermano Benjamín

Vamos a jugar, si me lo permites, con la imaginación.
Un simple ejercicio intelectual, una provocación reflexiva, un jueguito de salón con olor a incienso viejo y documentos firmados con pluma de ganso.

Imagina, si puedes, a un Muy Respetable Gran Maestro de una Muy Respetable Gran Logia.
Ya solo el título exige reverencia, ¿no? Algo entre arzobispo medieval y jefe de una secta de LinkedIn.
Muy respetable. Muy gran. Muy maestro.
Tres palabras, una realidad cuestionable.

Y ahora imagina que este venerable caballero, con su collarín brillante y su cara de poder no cuestionado, le responde sonriente a un memero que lo ridiculizó.
No solo le responde, le agradece.
Se ríe de sí mismo públicamente, pero no porque sea humilde, sino porque le gusta la fama, porque por primera vez en años alguien lo ve, aunque sea para burlarse.

Y mientras tanto, el meme lo exhibe como un personaje patético, un falso rey cuyo reino de cartón ha sido desconocido por una de las grandes logias históricas del país.
¿La razón?
Quizá porque él se atrevió a desconocer primero, como quien lanza una piedra desde una casa hecha de cristal y ego mal templado.
¿Y quién lo apoya?
Nadie lo conoce.
Ni en su casa, ni en los Supremos Consejos donde ya lo declararon non grato, ni siquiera entre los hermanos con quienes alguna vez compartió la tenida.

Pero esto, claro, es pura ficción.

Vamos con otro.

Imagina a otro Muy Respetable Gran Maestro.
Este tiene el poder, pero también tiene algo peor: la adicción al poder.
Le llega el fin de su mandato, pero él no lo suelta.
No sabe cómo vivir sin que lo llamen “Gran Maestro”, sin que le tomen fotos junto a la escuadra y el compás.
¿Y qué hace?
Crea su propio “Gran Oriente”.
Un club privado de egos heridos.
Y empieza a vender grados como si fueran NFTs en decadencia.
Grados para todos, a precios accesibles.
“¿Quiere usted ser 33°? ¡Claro! Pague aquí.”
Y así, rodeado de seguidores sedientos de validación, se convierte en el líder de una logia de mamadores.
Un Disneylandia de la Masonería, sin contenido, sin regularidad, sin propósito.
Pero con mucha pose.

Aunque esto, insisto, es solo una analogía absurda.

Pero vamos más profundo.

Imagina a otro Muy Respetable Gran Maestro.
Uno que, al ser expuesto por su falta de tacto, de cultura, de decencia, se ve acorralado por sus propios errores.
Lo advierten: estás a punto de ser expulsado.
No solo de la logia, sino de la historia.
Y no solo por sus hermanos.
Su propia madre lo amenaza con desconocerlo —y eso que las madres suelen perdonar hasta lo imperdonable.

Y uno pensaría: “Bueno, dimite. Da paso a que se investigue. Protege el nombre de tu Gran Oriente, protege la honra de tus Hermanos.”
Pero no.
Elige su ego sobre su deber.
Hace berrinche.
Se victimiza.
Llora en silencio en un grupo de WhatsApp donde ya nadie responde.

Todo esto, por supuesto, es una fábula.
Una exageración literaria.

Pero imagina el daño.

Imagina que este sujeto preside la Gran Logia más influyente de Latinoamérica, una que durante décadas construyó relaciones, tejió redes, educó hombres.
Y ahora todo se viene abajo, no por enemigos externos, sino por su círculo de idiotas con corbata.
Sus asesores: bufones en trajes baratos.
Sus decisiones: ruinas disfrazadas de solemnidad.
Y las logias —con dolor, con tristeza— comienzan a irse.
No porque no amen la Masonería, sino porque les repugna verla así, desfigurada por la incompetencia y el narcisismo.

Pero sigamos imaginando.

Imagina otro Muy Respetable Gran Maestro.
Uno que, ansioso por reconocimiento, abre su propio Gran Oriente, buscando la bendición de un Supremo Consejo como quien le pide a Dios que le dé like a su publicación.
Pero en vez de reconocimiento, lo que consigue es una feria de disfraces, un carnaval grotesco de símbolos sin sentido.
Y él, en medio, jugando al alquimista espiritual, mientras aprovecha cada oportunidad para manosear la ciencia y la virtud… y a algunas hermanas también.
Pero con sutileza, claro.
Siempre con una sonrisa didáctica.
Siempre desde su superioridad moral.

Aunque, te repito, esto es solo imaginación calenturienta, producto de un insomnio masónico.

Y entonces llega la pregunta:
¿Cómo carajos sobrevive la Masonería a estos sujetos?

¿Cómo no se desintegra una institución que, según esto, se basa en los principios más altos, pero que tolera, ignora o justifica a quienes la prostituyen desde adentro?
¿Cómo puede una tradición milenaria seguir viva cuando quienes la representan no son faros, sino antorchas que prenden fuego a lo que tocan?

Tal vez porque la Masonería es más fuerte que sus representantes.
Tal vez porque hay quienes aún trabajan en silencio, sin títulos, sin aplausos, sin grados comprados ni tronos de hojalata.
O tal vez porque la Masonería ya murió… pero nadie se atrevió a levantar el acta de defunción.

Quién sabe.
Pero esto, por supuesto, es solo un texto de ficción.
Un ejercicio de analogía.

Una metáfora extendida.
Una cizaña disfrazada de reflexión.

¿O no?

La colmena, la reina y los zánganos ilustrados

¿Pero no acaso hemos jurado guardar y transmitir una sabiduría milenaria? ¿No nos hemos declarado herederos de una tradición secreta, tan antigua como el rumor del viento entre las piedras del Templo?
¿No decimos ser abejas de una gran colmena?

Pues hablemos entonces con el lenguaje de la naturaleza, que no miente.
Porque si somos abejas, hemos de recordar lo que ocurre cuando la reina muere.

No lo hace con estrépito ni con comunicados. No hay aplausos ni ramos de flores, ni reconocimientos de Supremos Consejos ni placas conmemorativas. No.
La muerte de la reina es silenciosa.
Un susurro que deja de sentirse.
Un vacío biológico que no se nota al principio, pero que avanza como una sombra espesa.
Y sin huevos… no hay futuro.
La colmena no muere de inmediato, no explota, no se deshace con drama. Solo se apaga lentamente, como una vela sin oxígeno.
Las obreras siguen volando un tiempo más, confundidas, repitiendo los movimientos sin sentido, como masones que citan rituales sin comprenderlos.
Como logias donde se pasa lista y se apagan conciencias.

Pero… aún queda esperanza.

Porque somos abejas. Y las abejas no esperan el rescate.
No mandan cartas.
No hacen asambleas para votar quién fue el culpable.
No arman chats con “urgente difusión”.
Simplemente actúan.

Cuando la reina falta, cuando la grandeza abandona el centro, la colmena no se rinde ni pide disculpas. Se reorganiza.
De entre las larvas comunes, ordinarias, invisibles… elige unas pocas.
Y a esas les da jalea real.
No es un premio.
No es un título.
No es un aplauso.
Es alimento. Es código puro. Es programación profunda.

Esa sustancia, tan delicada y potente como una palabra bien dicha, cambia el destino de la larva. La transforma.
El cuerpo responde. La mente despierta.
La abeja que iba a ser una obrera más… se convierte en reina.

¿Y qué nos dice eso, mis hermanos?

Que la reina no nace, se hace.
Y no, no se hace por genética, ni por carisma, ni por herencia, ni por amiguismo, ni porque tiene buena presencia en Tenida.
Se hace por nutrición, por cuidado, por entorno.
Se hace por lo que se le da, por lo que se le enseña, por lo que se le exige.
Por el estándar con el que se le mide, no por los aplausos que colecciona.

¿Te das cuenta de lo que esto significa?

Que si a un niño le das aplausos por mediocridad, crecerá creyendo que el centro del universo está en su ombligo.
Pero si le das verdadera jalea real —amor exigente, conocimiento profundo, desafíos auténticos— puede llegar a encarnar lo que algunos creen que se hereda…
La capacidad de gobernar.
De elevar.
De inspirar.

Y entonces, Hermano, detente un segundo y observa a tu alrededor…

¿Quién está recibiendo la jalea real en nuestras logias?
¿A quién estamos alimentando?

¿A los sabios de espíritu? ¿A los humildes de corazón? ¿A los hambrientos de sentido?

¿O a los que acumulan grados como estampas de álbum, sin haber comprendido ni siquiera el fuego de la Primera Iniciación?

¿Estamos construyendo reinas o premiando zánganos ilustrados que nunca han construido nada más allá de su altar doméstico al ego?

Porque no basta con apoyar a Muy Respetables de currículum frágil y verbo inflado.
No basta con saberse todas las liturgias y sentirse superior por ello.
No basta con visitar todas las logias para ser aplaudido como el “hermano viajero de la sabiduría portátil”.
No basta con tener asistencia perfecta si lo único que perfeccionas es tu capacidad para fingir que escuchas.

Ese método ha mostrado, una y otra vez, ser una receta infalible para el colapso.

Yo no quiero ver tu grado.
Quiero ver quién fuiste cuando nadie te veía.
Quiero saber qué renuncias hiciste para merecer respeto.
Quiero escuchar qué sacrificios te han construido.
Quiero entender qué ideales te impiden dormir, y no cuántos títulos te hacen inflar el pecho.

Porque mientras la masonería siga fabricando pseudo intelectuales discapacitados de conciencia, vamos a tener una institución llena de discursos y vacía de sentido.
Una masonería sin reina.
Una masonería que repite fórmulas como autómata, sin impulso vital, sin visión, sin jalea real.
Una colmena sin alma.

Y esto no es una tragedia accidental.
Es una negligencia colectiva.
Una omisión voluntaria.

Tenemos que alimentar a la próxima reina.
Una que no obedezca, sino que gobierne con sabiduría.
Una que no dependa de títulos, sino que emane autoridad moral.
Una que no necesite seguidores, porque inspire arquitectos.
Una que entienda que el verdadero adversario no es la inteligencia artificial, sino la estupidez emocional que abunda en las asambleas.

Porque, Hermanos, no se trata de resistir al cambio.

Se trata de encarnar el cambio.
De ser el alimento correcto en el momento correcto.
De hacer de nuestras logias viveros de reinas y no jardines de narcisos marchitos.

Y si no lo entendemos ya, si no lo asumimos hoy, si no dejamos de celebrar mediocridades y empezamos a exaltar ejemplos verdaderos…
entonces no esperen colmena.
Solo esperen ruinas.

Porque aunque la colmena parezca eterna…

…sin reina, todo es solo un zumbido hueco.

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