Un viaje al altar de la necedad
Érase una vez, en los rincones menos iluminados de internet, un hermano memero —autodenominado “iluminado por la luz de chatgpt y las publicaciones de facebook”— que sostenía con furia y certeza absoluta que la regularidad masónica era una farsa, un simple capricho de señores que usan guantes blancos para parecer importantes mientras se toman selfies con espadas de utilería.
Del otro lado, en una logia sin wifi pero con libros, había un masón regular, de esos que aún creen en cosas como la historia, la tradición y el método. Al encontrarse por azares del algoritmo, ambos comenzaron una discusión acalorada sobre la regularidad, esa idea tan despreciada por unos y tan incomprendida por otros.
El memero decía:
“¡La regularidad no sirve para nada! Es un altar a la vanidad, una excusa para excluir y dividir.”
El regular, con la paciencia propia de quien ha leído más de dos libros sin imágenes, respondía:
“La regularidad es lo que mantiene en pie el templo. Sin cimientos, solo hay ruinas y grupos de facebook.”
Ante el estancamiento de la conversación y la imposibilidad de llegar a algún tipo de consenso (especialmente porque uno confundía “constitución” con “constipación”), decidieron acudir a la Gran Logia Unida de Inglaterra. ¿Por qué? Porque si alguien podía poner orden en este absurdo, era el Muy Respetable Gran Maestro.
Cruzaron Océanos (Figuradamente), Quemaron Kilómetros (En Vuelos Mentales)
Cruzaron océanos (figuradamente), quemaron kilómetros (en vuelos mentales) y al fin se plantaron frente al Muy Respetable Gran Maestro.
Tras hacer fila, rellenar el formulario de audiencia y esperar a que el Gran Maestro terminara su hora de té, fueron recibidos con gran pompa. El memero, con ojos brillantes de entusiasmo y escasez de argumentos, preguntó con tono desafiante:
“Muy Respetable Gran Maestro, ¿acaso no es la regularidad algo irrelevante hoy en día?”
El Gran Maestro, tras ajustar su mandil y esbozar una sonrisa de siglos de paciencia acumulada, respondió:
“Total y absolutamente irrelevante…”
El hermano regular, perplejo, tragó saliva. El memero casi da un brinco de júbilo. Pero el Gran Maestro, tras dejar la pausa dramática hacer su trabajo, agregó:
“… porque no se puede debatir con quien cree que la luz se obtiene dando likes y compartiendo en redes sociales.”
El memero, aún en éxtasis, pidió que se castigara al regular por cuestionar su verdad absoluta. El Gran Maestro entonces dictó sentencia:
“Concedo cinco años de silencio… al hermano regular. Porque un hombre que ha estudiado, se ha preparado y ha sido debidamente iniciado no debería jamás caer tan bajo como para discutir con alguien que se toma en serio sus propias publicaciones en facebook.”
Y añadió, mientras se alejaba:
“Discutir con un ignorante es como jugar ajedrez con una paloma: no importa lo bien que juegues, va a derribar las piezas, cagarse en el tablero y salir caminando como si hubiera ganado.”
Moraleja No Todos Los Que Usan Mandil Saben Cocinar
Moraleja
No todos los que usan mandil saben cocinar. Y no todos los que dicen ser masones han pasado por el fuego que forja un verdadero iniciado.
Perder tiempo debatiendo con quien no entiende, no quiere entender, y ni siquiera tiene intención de cuestionar su limitada comprensión, es simplemente abandonar el trabajo de pulir la piedra para ponerse a gritarle al granito.
“A veces el silencio no es cobardía, es simplemente el último refugio del sabio cuando el necio ya gritó demasiado.”
— Anónimo (o quizás regular, pero callado)
Excelente trazado, bien bajado el balón. Te envío un TAF
¡Abrazo Fraterno de Regreso Bro!